Sunday, May 21, 2006

BITÁCORA LECTURA 10

UNAM, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Teoría del discurso
Prof.: Ivan Islas Flores
Nogués Roldán Ana María de Guadalupe

10.- Control de lectura: Perelman, Ch. Tratado de la argumentación. La nueva retórica. Ed. Gredos. Madrid, 1989. págs. 91 – 116.

Los efectos de la argumentación.

El objetivo de toda argumentación es provocar o acrecentar la adhesión a las tesis presentadas para su asentimiento, es decir, que desencadene en los oyentes la acción prevista.

Según los detractores de la retórica, los protagonistas desarrollaban sus argumentaciones divergentes con ayuda de razonamientos cuyo valor convincente no podía ser más que ilusorio, mientras que la retórica digna del filósofo es aquella que ganaría, con sus razones a los mismos dioses colocándose bajo el signo de la verdad.

Los problemas de conjetura atañen a los hechos: hechos pasados, en los debates judiciales, hechos futuros, en los debates políticos. Los hechos, las verdades o al menos, las verosimilitudes, sometidas al cálculo de las probabilidades, triunfan por sí solas.

Quien presenta las verdades y los hechos no desempeña ningún papel esencial, sus demostraciones son intemporales, y no tiene motivos para hacer distinciones entre los auditorios a los que se dirige, ya que se supone que todos se inclinan ante lo que es objetivamente válido.

Asimismo, porque esta técnica “objetiva” triunfa en ciencia, se tiene la convicción de que, en otros campos, su uso es igualmente legítimo. Pero en los casos en los que no existe un acuerdo, es decir, cuando la argumentación tienda a provocar una acción que resulte de una acción deliberada entre varias posibles, sin que haya acuerdo sobre un criterio que permita jerarquizar las soluciones, en esos casos es necesario influir en la voluntad de la gente.

Para poder influir en la voluntad de la gente se debe excitar las pasiones, emocionar a los oyentes, de manera que determine una adhesión suficientemente intensa, capaz de vencer a la vez la inevitable inercia y las fuerzas que actúan en sentido distinto al deseado por el orador.


El género epidíctico.

En los discursos epidícticos el orador presentaba un discurso al estilo de los espectáculos al que nadie se oponía, sobre temas que no parecían dudosos y de los que no se sacaba ninguna consecuencia práctica, como la exaltación de una virtud, a diferencia de los debates políticos y judiciales cuyo fin era la adhesión de un auditorio que decidía el resultado de un proceso o de una acción que debía emprenderse.

Para Aristóteles, el orador se proponía alcanzar, según el tipo de discurso, objetivos diferentes: en lo deliberativo, aconsejar lo útil; en lo judicial, defender lo justo, y en el epidíctico, ocuparse sólo del elogio y la censura.

La argumentación del discurso epidíctico propone acrecentar la intensidad de la adhesión a ciertos valores, por el hecho de fortalecer una disposición a la acción, aumentando la adhesión a los valores que exalta. Los discursos epidícticos recurrirán, con más facilidad, a un orden universal, a una naturaleza o a una divinidad que serían fiadoras de los valores no cuestionados y considerados incuestionables. En la demostración, el orador se hace educador.

El orador del discurso demostrativo está muy cerca del educador, como lo que va a decir no suscita controversia, como no están en juego intereses prácticos inmediatos, como no se trata de defender o de atacar, sino de ensalzar valores que son el objeto de una comunión social, el orador, aunque de antemano esté seguro de la buena voluntad del auditorio, debe poseer un prestigio reconocido.

El educador difiere del propagandista esencialmente porque alude a materias que no son, para el auditorio, objeto de controversia según menciona Harold D. Laswell. Mientras que el propagandista debe conciliarse previamente con la audiencia del público, al educador le ha encargado una comunidad que se convierta en el portavoz de los valores reconocidos por ella y como tal, disfruta de un prestigio debido a sus funciones.

Los discursos epidícticos tienen como finalidad aumentar la intensidad de adhesión a los valores comunes del auditorio y del orador. De aquí se apoyan los discursos deliberativos y judiciales.

En cuestión a la educación, sea cual sea el objeto, se supone que el discurso del orador, sino expresa siempre verdades, defiende al menos, valores que no son causa de controversia, y se piensa que el orador disfruta de una confianza muy grande de parte del auditorio, porque éstos admiten dichos argumentos e incluso los adoptan. Es por eso, que el educador debe proceder por afirmación, no dudar de sus palabras para que los oyentes las adopten tal cual.


Argumentación y violencia.

La argumentación es una actividad que siempre trata de modificar un estado de cosas preexistente. Cuando existe un desacuerdo de intereses debido a que los oradores no gozan de los mismos objetivos y valores, hay ocasiones en los que uno de ellos se esforzará por hacerle difícil, sino imposible, a los adversarios, la realización de las condiciones previas a la argumentación y estos últimos se verán obligados, si quieren continuar la lucha, a utilizar la fuerza.

El uso de la argumentación implica que se ha renunciado a recurrir únicamente a la fuerza, que se atribuye un valor a la adhesión, conseguida con ayuda de una persuasión razonada que apela a la libertad de pensamiento. Es decir si existe la violencia no existe el discurso argumentado y viceversa, ya que toda justificación ya es un acto moderador.


Argumentación y compromiso.

En un debate se enfrenta a partidarios interesados con opiniones contrarias, y por eso se pide la opinión de un tercero, alguien imparcial, ser imparcial no es ser objetivo, es formar parte del mismo grupo que aquellos a los que se juzga sin haber tomado partido de antemano por ninguno de ellos. La imparcialidad constituye un equilibrio de las fuerzas, la máxima atención por los intereses en cuestión, pero repartirla por igual entre los puntos de vista. Pascal menciona que las cosas son verdaderas o falsas según del lado que se las mira, se juzga conforme a lo que uno ve, dependiendo del lado en el que queramos mirar las cosas.

El fanático es aquel que rehúsa considerar la posibilidad de someter a discusión la tesis que para él es incuestionable, rechazando así los otros puntos de vista. Mientras que un escéptico es aquel que exige que se le muestren pruebas demostrativas acerca del argumento que se le esta refiriendo. A falta de una razón apremiante, ambos tienden a dejar el campo libre a la violencia, declinando el compromiso de la persona.

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